La competencia con China condiciona la regulación de la IA en EE.UU.
La propuesta de Anthropic para moderar el desarrollo choca con el objetivo declarado de no ceder ventaja a Pekín.
El debate sobre cómo regular la inteligencia artificial (IA) más avanzada llega a Estados Unidos con una condición que parece innegociable: ninguna medida debe permitir que China acorte la distancia tecnológica y militar. Así lo refleja un reportaje de The Guardian, que examina cómo la competencia geopolítica se ha filtrado tanto en el discurso oficial como en las propuestas de seguridad que emergen de Silicon Valley.
En la práctica, la discusión ya no se reduce a acelerar o frenar. La pregunta es quién pone los límites, cómo se fiscaliza su cumplimiento y si las reglas alcanzan tanto a los sistemas comerciales como a los proyectos militares.
Una desaceleración condicionada
Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, planteó en septiembre una idea con matices: moderar el ritmo con que aumentan las capacidades de los modelos, pero sin detener su entrenamiento. Su propuesta incluye evaluadores externos dentro de los laboratorios, estándares coordinados entre empresas de países democráticos y acuerdos internacionales verificables. Amodei reconoce que el margen para reducir la velocidad está limitado por la ventaja que Estados Unidos mantiene frente a China.
Entre sus recomendaciones están restringir la venta de chips avanzados y de equipos de fabricación, combatir el contrabando de semiconductores y proteger los parámetros internos de los modelos. La misma lógica atraviesa el discurso político: el presidente Donald Trump rechazó el 13 de septiembre una desaceleración que pudiera favorecer a China, según el informe oficial de la prensa acreditada. La estrategia federal ya había definido la IA como una competencia por el liderazgo global en su plan de acción de 2025.
En paralelo, la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad Estados Unidos-China recomendó en 2024 financiar un programa similar al Proyecto Manhattan para desarrollar inteligencia artificial general (IAG), es decir, sistemas con capacidades cognitivas comparables a las humanas. La Oficina de Industria y Seguridad del Departamento de Comercio, por su parte, mantiene controles sobre procesadores avanzados y sobre su utilización para entrenar modelos destinados a entidades vinculadas con China.
La mirada desde Pekín
China presenta en sus documentos públicos un enfoque distinto. Su Plan de Acción para la Gobernanza Global de la IA pide cooperación internacional, seguridad, control de riesgos y reducción de barreras tecnológicas. En julio de 2026, además, promovió la creación de una organización intergubernamental de cooperación en inteligencia artificial con sede en Shanghái.
Esos compromisos no disipan la desconfianza mutua. La propuesta de Amodei reconoce que un acuerdo global necesitaría mecanismos capaces de detectar modelos secretos, proyectos militares o incumplimientos. Sin esa verificación, cada país mantiene incentivos para seguir desarrollando capacidades por temor a que el otro obtenga una ventaja decisiva.
La existencia de intereses comerciales no demuestra que las advertencias de las empresas sean falsas, pero obliga a examinar quién define los riesgos, quién audita los modelos y qué compañías podrían beneficiarse de las nuevas reglas. Una regulación con requisitos técnicos costosos puede proteger al público, pero también dificultar la entrada de competidores más pequeños.
Para Chile, esta disputa no es indiferente: las decisiones que se tomen en Washington y Pekín definirán los estándares globales de la IA que llegarán al país. Mientras la competencia con China siga siendo el criterio dominante, cualquier intento de moderar la carrera estará condicionado por el temor a perderla.
Con información de DiarioTI