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Código IA Noticias de inteligencia artificial Santiago Mié 28 oct 2026
Energía y medio ambiente

Voters in Texas agree: They hate data centers

Comunidades texanas frenan megaproyectos de data centers por su consumo eléctrico y huella ambiental.

Voters in Texas agree: They hate data centers
Foto: theverge.com · Fuente

El auge de la inteligencia artificial no solo transforma industrias: también está reconfigurando el mapa energético de ciudades enteras. En Texas, el presidente de la NAACP, Gary Bledsoe, ha visto cómo la llegada masiva de data centers —las enormes bodegas de servidores que procesan datos para entrenar y operar modelos de IA— genera una ola de conflictos vecinales. Desde Austin hasta sus suburbios, comunidades enteras se organizan para frenar estos proyectos, que consumen tanta electricidad como una ciudad pequeña.

El caso de Taylor: un data center donde debía haber un parque

Uno de los casos más emblemáticos ocurre en Taylor, una localidad cercana a Austin. Allí, los vecinos se oponen a la construcción de un data center en un terreno que, según los planes originales, debía ser un parque. El problema no es solo la pérdida de áreas verdes: cada centro de datos requiere una conexión eléctrica equivalente a la de decenas de miles de hogares, y en Texas —donde la red ya sufre apagones en temporada de calor— esa demanda extra enciende todas las alarmas.

Bledsoe enumera proyecto tras proyecto que enfrenta resistencia local. La pelea no es contra la tecnología, sino contra su costo ambiental y social. Los data centers no solo consumen energía día y noche; también necesitan enormes cantidades de agua para refrigeración y generan ruido constante. Para las comunidades aledañas, el beneficio prometido —empleos temporales en construcción y algunos puestos de mantenimiento— no compensa el impacto.

¿Y qué tiene que ver esto con Chile?

Chile no es Texas, pero comparte el mismo dilema. El país se ha posicionado como un polo de atracción para data centers gracias a su estabilidad política, conectividad de fibra óptica y energías renovables. Empresas como Google, Microsoft y AWS ya operan centros de datos en la Región Metropolitana y en otras zonas. Sin embargo, la experiencia texana deja una advertencia clara: si no se planifica bien, la llegada de estos proyectos puede generar el mismo rechazo ciudadano.

En Chile, la discusión recién comienza. La tramitación ambiental de estos megaproyectos suele pasar desapercibida hasta que las comunidades afectadas se organizan. El caso de Taylor muestra que, sin una evaluación transparente del consumo energético y del uso del agua, cualquier data center corre el riesgo de convertirse en un conflicto vecinal. Por ahora, no hay registro de proyectos frenados en Chile por esta causa, pero la advertencia está sobre la mesa.

Una lección que no necesita traducción

Lo que ocurre en Texas no es una rareza. En Virginia, la capital mundial de los data centers, los residentes ya han protestado por el ruido y el consumo eléctrico. En Países Bajos, el gobierno llegó a suspender nuevas construcciones por saturación de la red. La inteligencia artificial no es gratis: cada consulta a ChatGPT o cada imagen generada por IA tiene un costo energético real, y ese costo lo pagan —literalmente— las comunidades donde se instalan los servidores.

Para el lector chileno, la lección es práctica: antes de celebrar la llegada de un nuevo data center, vale la pena preguntar cuánta electricidad consumirá, de dónde vendrá esa energía y qué impacto tendrá en las cuentas de luz de los vecinos. La IA promete transformar el país, pero su infraestructura no puede construirse a costa del medioambiente ni del bienestar de las personas. En eso, Texas y Chile hablan el mismo idioma.

Con información de The Verge

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