La trampa con IA se sofistica: universidades chilenas en la encrucijada
Mientras en el extranjero se prueban detectores y nuevas reglas, los colegios y universidades chilenas enfrentan el mismo dilema
En Chile, como en el resto del mundo, la inteligencia artificial (IA) ha llegado a las aulas para quedarse. Pero no solo como herramienta de estudio: también como instrumento para hacer trampas. Antes los estudiantes copiaban de ‘El Rincón del Vago’ o pagaban por trabajos hechos; ahora, con ChatGPT y otros modelos, la tentación es instantánea. Sin embargo, los profesores no son ingenuos y cada vez detectan mejor estos textos generados por máquinas.
La detección no es infalible. Softwares como Turnitin incluyen detectores de IA, pero la propia empresa reconoce falsos positivos. Los académicos se fijan más en señales sutiles: un cambio brusco de estilo, referencias que el alumno no puede defender o una entrega demasiado perfecta. Por eso los estudiantes han tenido que sofisticar sus métodos.
Detectar la IA: una carrera armamentista
Will, alumno entrevistado por New York Magazine, reescribe línea por línea lo que le entrega Claude para que no se note. Theo, en tanto, encargó una presentación de astronomía a Codex y tuvo que pasar cuatro horas ‘estropeándola’ para que pareciera de un alumno de su nivel. “Requiró mucho trabajo”, confesó. La ironía es que quizás habría terminado antes haciéndolo él mismo.
Cuando hacer trampas requiere más trabajo que estudiar
En la Universidad de Nueva York usan la plataforma WebAssign para dificultar las trampas en las tareas. Pero un estudiante creó un bot que completa las respuestas de forma lenta y errática, imitando el ritmo humano, y lo compartió con sus compañeros. Así, la trampa ya no es pedirle a ChatGPT y pegar: puede implicar revisar, reescribir o programar. La paradoja es que el esfuerzo de engañar a veces supera al de aprender.
¿Perseguir o rediseñar la educación?
La desconfianza se ha instalado. La Universidad de Princeton, que desde 1893 confiaba en el honor de sus estudiantes sin vigilancia en exámenes, anunció en mayo de este año que empezará a supervisar las pruebas presenciales. Pero hay voces que cuestionan ese camino. Danielle Carr, profesora de UCLA, sostiene que la IA no es un problema técnico con solución técnica: si los estudiantes quieren hacer trampas, encontrarán la manera. Ella apuesta por diseñar evaluaciones donde aprender compense más que delegar.
En España, algunas universidades ya ensayan modelos con distintos niveles de uso de IA: prohibida en asignaturas básicas, permitida con transparencia en otras y obligatoria en proyectos avanzados, donde el alumno debe demostrar que comprende lo que produce la herramienta. Alberto Sols, director de una escuela de arquitectura e ingeniería, lo compara con un ‘exoesqueleto intelectual’: primero hay que saber caminar sin él.
Para Chile, estas experiencias son un espejo. Colegios y universidades locales enfrentan el mismo dilema: cómo adaptar la enseñanza a una tecnología que lo cambia todo, sin caer en la cacería de brujas ni en la ingenuidad. La guerra entre tramposos y detectores está lejos de terminar, pero quizás la solución no esté en perseguir, sino en repensar qué significa aprender en la era de la IA.
Con información de Xataka