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Código IA Noticias de inteligencia artificial Santiago Jue 17 Sep 2026
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El peligro menos apocalíptico de la IA: perder la capacidad de pensar

Belén Ortega, autora de 'Human/IA', alerta que delegar el criterio en la inteligencia artificial genera una brecha intelectual.

El peligro menos apocalíptico de la IA: perder la capacidad de pensar
Vía La Nación

Mientras algunos investigadores alertan sobre escenarios apocalípticos –el de Anthropic, Evan Hubinger, aseguró que la IA podría exterminar al 10% de la humanidad en la próxima década–, otros especialistas apuntan a una amenaza más inmediata y menos espectacular: la pérdida del pensamiento. Para Belén Ortega, empresaria y autora del libro Human/IA, el verdadero riesgo no está en que las máquinas se rebelen, sino en que los humanos dejemos de pensar por nosotros mismos.

Sedentarismo cognitivo

Ortega acuñó el término “sedentarismo cognitivo” para describir lo que ocurre cuando delegamos tareas de juicio y creatividad en la inteligencia artificial. “Así como el sedentarismo físico aparece cuando dejamos de mover el cuerpo, podemos pensar en un sedentarismo cognitivo cuando dejamos de ejercitar el pensamiento, la memoria, la creatividad o la capacidad de resolver problemas”, explica. Advierte que, además de la brecha económica, se avecina una brecha intelectual: una clase alta que piensa y una clase baja que solo consume respuestas de la IA.

La advertencia no es nueva. En 2024, la Universidad de Toronto publicó un estudio que demostró que el uso de grandes modelos lingüísticos y sistemas de IA generativa reduce la capacidad de los humanos para pensar creativamente, generando ideas más homogéneas y convencionales. Aunque a corto plazo el rendimiento mejora, a largo plazo se pierde la independencia intelectual.

Cómo usar la IA sin perder el timón

Ortega propone un criterio simple: antes de recurrir a la IA, preguntarse si la tarea es repetitiva y operativa. En ese caso, usar la herramienta sin problema. Pero si requiere emoción, pensamiento estratégico o depende de una relación humana, la IA debe ser solo un apoyo para pedir puntos de vista, no quien decida. “El timón de la vida lo tiene uno mismo. No podemos delegarle el mando a la inteligencia artificial, porque hace desastres, nos choca el barco”, sentencia.

Para evitar alucinaciones (inventos de la IA), recomienda darle instrucciones claras: “Decile ‘no inventes’ y ‘haceme dos o tres preguntas necesarias para cumplir tu rol’”. Por ejemplo, si se pide escribir sobre un tema, primero se le asigna un rol de experto y luego se le exige que pregunte antes de responder. Así evita rellenar con datos falsos.

Del banco al emprendimiento con alma humana

La especialista no empezó en el mundo de la IA. Trabajó años en un banco y estaba a punto de ser ascendida a gerente cuando decidió renunciar. El motivo: le dijeron que era “demasiado humana” con su equipo. Casi al mismo tiempo, su madre se separó y buscaba reinsertarse laboralmente. Esas dos inquietudes la llevaron a crear “Asistente online” en 2014, una agencia de asistentes virtuales. Su experiencia personal –no querer apagar su humanidad para crecer profesionalmente– la llevó luego a estudiar inteligencia artificial y a escribir un libro que sostiene que la verdadera transformación no está en las máquinas sino en las personas.

En las primeras páginas de Human/IA, Ortega escribe: “Durante años creímos que el futuro dependería de la tecnología que fuéramos capaces de crear. Hoy comenzamos a descubrir que el verdadero desafío consiste en entender qué haremos nosotros con esa tecnología y, sobre todo, en quiénes nos convertiremos mientras convivimos con ella”.

En contraste con las advertencias, también existen desarrollos que muestran un uso creativo y humano de la IA. Un ejemplo es el “biógrafo digital”, una herramienta creada tras una tragedia familiar que permite a los usuarios generar libros de memorias a través de WhatsApp. Así, mientras unos advierten sobre el riesgo de perder el pensamiento, otros encuentran en la inteligencia artificial una aliada para preservar recuerdos y emociones.

Con información de La Nación

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